
El ventilador amarillo (falso profeta en esa habitación albina sin ventanas) giraba desparramando el viento sobre los objetos. Entre cosa y cosa estaban Luis y Amanda. Mas exactamente en el colchón, sobre el piso, sus cuerpos inmóvilmente vivos reposaban exhaustos; aguantando la inclemente temperatura y las ganas de fumar. Ese cuarto se enviciaba de nada ¿Cinco cigarros, quizá? Y sumado al porro y el sahumerio (porque sus vecinos no eran ni Bob Marley, ni Peter Tosh) la cosa se hacia inaguantable. En invierno se tolera un poco más; hasta gusta y no asfixia, porque el humo da la sensación de lo calido.
Pero ahora no, el aire estaba pesado y costaba respirar. Sudaban la ropa de fajina para no gastar la nueva (arruinar la buena). Aunque eso es solo una interpretación; otra dice que porque eran simplemente crotos y era domingo.